Nablus. Visita interrumpida

Extracto de Dando Testimonio
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La visita, el tour y las historias llegan a un fin abrupto. Todos nos vamos y cogemos taxis para ir a la zona montañosa donde se han producido los movimientos. Los taxis no pueden avanzar demasiado deprisa porque las calles están bastante abarrotadas, sobre todo con hombres jóvenes. Algunos de éstos miran dentro de los taxis, ven que hay extranjeros dentro y los que saben inglés nos dicen “Bienvenidos”, y otros simplemente nos saludan. Da la impresión de que saben para qué estamos aquí, y el agradecimiento se siente en el aire.

Los taxis sólo pueden llevarnos hasta el final de la carretera. La carretera termina donde el ejército israelí ha puesto suficientes rocas en la carretera para cortarla al tráfico rodado. Normalmente el ejército corta carreteras de esta forma para “hacer el movimiento más difícil para los terroristas”. En realidad el movimiento se hace más difícil para toda la gente palestina, desde quienes van a sus trabajos (quienes tienen la suerte de aún tener uno) hasta los servicios de emergencias, como ambulancias.

Nos bajamos de los taxis y se nos comunica que los dos hombres heridos están ya en el hospital y que el desaparecido podría estar herido. Nuestra tarea es encontrarle.

Subimos por la carretera una vez pasado el montón de piedras cortándola y encontramos el lugar en silencio, sin movimientos, sin vehículos y sin luz aparte de la de la luna. No parece que hubiese nadie por la zona. Continuamos subiendo por un atajo, siempre subiendo, subiendo, y continuamente llamamos al hombre por su nombre, y gritamos: “¡Internacionales!” o “¡Médicos internacionales!” para que no nos disparen los soldados israelíes.

Decidimos que no es buena idea usar linternas que podrían atraer la atención de soldados, que no estamos seguros de que no estén aún escondidos por la zona. Ya es de noche pero la luna nos ilumina el camino.

Volvemos a la carretera y la seguimos hasta que la encontramos cortada por otra barrera hecha de rocas. Decidimos entonces separarnos en dos grupos; uno seguirá subiendo por el camino y el otro bajará por la ladera, por donde hay vegetación, donde podría estar el hombre escondido.

Yo voy con el grupo que sigue hacia arriba y al cabo de unos minutos andando, se nos une un hombre. Es tío del que andamos buscando, que nos dice que el “hombre” que buscamos es en realidad un chico de catorce años. Se une a la búsqueda y después de doblar un recodo y subir unos cien metros más, uno del grupo ve a alguien tumbado sobre unas piedras al lado de la carretera y dice: “Ahí está”. Algunos hombres, incluido el tío del chico, le identifican y gritan y lloran y le abrazan. Alguien dice: “Miradle el pulso”, pero otro replica: “Está bien muerto”.

El tío del chico quiere llevarle pero un hombre más joven le para y se lo echa al hombro. Segun hace esto, la cabeza del chico muerto cuelga sin vida, todavía sangrando en abundancia. El hombre más joven le lleva a hombros y otro llama al otro grupo para decirles que vuelvan; las ambulancias están ya esperando abajo, en el punto donde no pueden avanzar más por culpa de la barrera formada con piedras.

Los médicos se llevan al chico y a nosotros nos dicen que nos quedemos en esta parte de la barrera de piedras. Una mujer occidental que ahora vive en Palestina nos dice que, si vamos con el tío del chico, que ahora está con más miembros de la familia, y nos ven ligeramente afectadas, se olvidarán de su propio duelo, y se pondrán a nuestro servicio con té y comida hasta que nos vean calmadas. Su sentido de hospitalidad es tal que se olvidarán de lo afectadas que estén ellas. Así que no cruzamos la pared de rocas hasta que la familia se mete en una de las ambulancias y se va.

Algunos de nosotros entonces volvemos a la montaña porque se nos dice que podría haber otro hombre escondido en la zona, puede que herido. Después de unos quince minutos se nos dice que efectivamente, está herido y ya en el hospital. Damos la búsqueda por finalizada y volvemos a casa.

Cuando llegamos a casa pasa algo único. Por primera y última vez en este viaje veo a un grupo de hombres palestinos cocinar para nosotros los extranjeros. Así es como hacen frente a su dolor.

Antes de ponernos a comer, uno de los palestinos nos habla a todos: “Bien, lo que ha pasado es terrible, pero así es nuestro día a día. Él está ahora bien y en paz, nosotros quedamos aquí con nuestra lucha. Desafortunadamente no es el primero, es el … ciento y pico…” otro palestino le corrige: “mucho más que eso”, y el primero prosigue, “Ojalá fuera el último, pero probablemente no lo será”.

No sé cuántas más noches voy a dormir habiendo repasado todas estas imágenes como los últimos pensamientos del día. La secuencia de acontecimientos se repite en mi cerebro. Las imágenes que tengo son muy claras, considerando que era de noche; podría incluso recordar las caras de la gente. Pero luego, desde el momento en que vi el cuerpo, estas imágenes son en blanco y negro en mi cerebro.

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